Porque la voluntad pura, no saciada con el objetivo, liberada de la codicia del resultado, es en todos los sentidos perfecta., Aleister Crowley.
* * * * * *
Algunas personas toman decisiones.
A otros, a veces por impulsivos, a menudo por rezagados, son las decisiones mismas quienes nos toman a nosotros.
Lo que poseemos, en cualquier caso -llámalo defecto o llámalo virtud-, es la capacidad para dejarnos llevar. No cultivamos el desapego -eso tendría demasiado de voluntario, de racional-, nos crece por dentro, nos sale solo, lo criamos inconscientemente.
La lógica de la modernidad implicaba su imposición al mundo entero y condenó a los blancos al fatum de la raza de Caín: nadie podía escapar a la homogeneización, a la mistificación de la especie. Cuando los negros intentan blanquearse, se convierten en el espejo deformante de la negrificación de los blancos, automistificados desde el principio por su propio dominio. El decorado de la moderna civilización multirracial no es más que un universo de ilusiones ópticas en el que se ha falsificado todas las singularidades de raza, sexo y cultura hasta convertirlas en una parodia de sí mismas. De forma que es la especie entera la que, a través de la colonización y la descolonización, se autoparodia y se autodestruye en un gigantesco dispositivo de violencia mimética en la que se agotan tanto las culturas indígenas como la occidental, ya que esta última no ha triunfado en absoluto y, de hecho, hace tiempo que perdió su alma.
Es erróneo llamar suicidas sólo a las personas que se asesinan realmente. Entre éstas hay, sin embargo, muchas que se hacen suicidas en cierto modo por casualidad y de cuya esencia no forma parte el suicidismo. Entre los hombres sin personalidad, sin sello marcado, sin fuerte destino, entre los hombres adocenados y de rebaño hay muchos que perecen por suicidio, sin pertenecer por eso en toda su característica al tipo de los suicidas, en tanto que, por otra parte, de aquellos que por su naturaleza deben contarse entre los suicidas, muchos, quizá la mayoría, no ponen nunca mano sobre sí en la realidad. El <suicida> -y Harry era uno- no es absolutamente preciso que esté en una relación especialmente violenta con la muerte; esto puede darse también sin ser suicida. Pero es peculiar del suicida sentir su yo, lo mismo da con razón que sin ella, como un germen especialmente peligroso, incierto y comprometido, que se considera siempre muy expuesto y en peligro, como si estuviera sobre el pico estrechísimo de una roca, donde un pequeño empuje externo o una ligera debilidad interior bastarían para precipitarlo en el vacío. Esta clase de hombres se caracteriza en la trayectoria de su destino porque el suicidio es para ellos el modo más probable de morir, al menos según su propia idea. Este temperamento, que casi siempre se manifiesta ya en la primera juventud y no abandona a estos hombres durante toda su vida, no presupone de ninguna manera una. fuerza vital especialmente debilitada; por el contrario, entre los <suicidas> se hallan naturalezas extraordinariamente duras, ambiciosas y hasta audaces. Pero así como hay naturalezas que a la menor indisposición propenden a la fiebre, así estas naturalezas, que llamamos <suicidas>, y que son siempre muy delicadas y sensibles, propenden, a la más pequeña conmoción, a entregarse intensamente a la idea del suicidio.
Demian, Hermann Hesse. Alianza Editorial.
No debe compararse con los demás; y si la naturaleza le ha creado como murciélago, no pretenda ser un avestruz. A veces se considera raro, se acusa de andar por otros caminos que la mayoría. Eso tiene que olvidarlo. Mire al fuego, observe las nubes; y cuando surjan los presagios y comiencen a hablar las voces de su alma, entréguese usted a ellas sin preguntarse primero si le parece bien o le gusta al señor profesor, al señor padre o a no sé qué buen Dios. Así uno se estropea, desciende a la acera y se convierte en fósil.
(...) No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría.
En el camino, Jack Kerouac. Editorial Anagrama, 1989-1997.
Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un «¡Ahhh!». ¿Cómo se llamaban estos jóvenes en la Alemania de Goethe?
A veces parecía estar diciendo que nada existía a menos que la gente pensara que existía, que el mundo estaba allí porque la gente se empeñaba en imaginarlo. Pero luego parecía decir que había montones de mundos, todos casi iguales y en el mismo lugar, pero separados por el espesor de una sombra, de manera que todo lo que podía suceder tuviera un lugar donde suceder.