15.4.11

Romeo's Distress

Nos guardamos los miedos. Nuestros pánicos, fobias y horrores personales.
Nos cercamos con esa coraza indestructible para que nadie nos toque.

Roza nuestra piel pero no la atravesarás nunca. Jamás.

Giramos la llave en la cerradura para posteriormente tragárnosla. Por mucho que duela. Por muy incómoda que resulte cayendo por la garganta.
Lo cubrimos todo con maquillaje. Los miedos, la coraza, la piel, la cerradura, nosotros, la garganta. Y tratamos de alzar los ojos para vencer el insuperable peso de los párpados que, como telón de una obra de teatro terminada, busca cerrarse.
Pero en vano. Exangües; quien nos mira no nos ve. Quien no nos mira, nos ve inermes. Abandonados. Nos abandonamos, nos dejamos abandonar.

Pensamos en los problemas. Les damos vueltas sin girarlos, sin aprehenderlos. Los percibimos en nosotros o en los demás. Quizá en nosotros y en los demás. Pero pocas veces en su sitio, en medio. En esas conexiones infinitas que establecemos con el mundo, en las marañas interrelacionales que entretejemos. Entre los cuerpos.

El amor es siempre nuevo. Familiar pero desconocido. Musicalmente irrepetible.
Pero uno aprende. No mientas, no ocultes. Ábrete. El amor requiere esfuerzo pero surge solo. Espontáneo y visceral, como tirones de pelo, como mordiscos en la piel del cuello, como la carne y el sudor y los jadeos.
Como pasar noches llorando. Como orgasmos con ojos enrojecidos.

La magia funciona. Creedme, lo he visto y comprobado. La tengo en mis manos. Pero depende tanto del ánimo, depende tanto del espíritu, que cuando todo pierde sentido nos desahogamos contra ella.
Nos reprochamos cualquier instante de debilidad, de credulidad.

¿Cómo pude creer que tendría poder sobre los acontecimientos? ¿Que mi vida sería como yo la dibujase? ¿Que los deseos pueden cumplirse y los sueños hacerse realidad? ¡Pobre idiota, siempre fantaseando!

Olvidamos que solía funcionar. Y así nos maltratamos, empalidecemos deprimidos y decepcionados, trastocados, flotando ingrávidos, columpiados por un azar algo malévolo, desnutridos y casi llorando -las lágrimas salen cuando menos las esperamos y con cuentagotas, pero los ojos no recuperan nunca su alegría-, nos miramos al espejo esperando que nadie note como resbala por nuestra cara la pintura, como se cae a trozos la máscara de cordura.

Nos preguntamos cuánto más tiempo aguantaremos de este modo pero erramos el tiro. Si por aguante fuera, siglos enteros pasarían sin cambiarnos. Preguntémonos, entonces, por qué lo hacemos. Por qué lo soportamos.

Ya no tengo miedo, digo. Pase lo que pase, suceda lo que suceda, todo estará bien. No tengas miedo, digo.

La honestidad funciona en doble sentido. No puedo contarte cómo me siento si no me cuento cómo me siento. Lo hago y los temblores desaparecen. Me imagino en cualquier otra parte, me veo haciendo cualquier otra cosa, me suelto. Destierro la miserable auto-complacencia y la complaciente auto-conmiseración. Me relajo. Lo doy todo por perdido. Me da igual.

Y entonces, mar en calma. Dentro de mí, a mi alrededor. Nada puede turbarme. Pero todo sale bien. No sé por qué coño, pero funciona.

Cuando nada puede salir mal, nada sale mal.

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